Al despertar el Siglo XX, Torreón -¡ciudad con nombre que suena a cañonazo!- surgió como un milagro, como la “Perla de la Laguna” engarzada en el corazón de la planicie del Norte de México y se convirtió, de súbito, en un emporio que desafió la soledad en la aridez del llano.
Su cuna la arrullaron los balazos de la rugiente Revolución Mexicana.
Torreón tiene el privilegio de ser una de las contadas ciudades, en la historia universal, en tener aún en pie el monumento que le dio su nombre: el “torreón” de la vieja hacienda donde cruzaron las vías del ferrocarril, de Sur a Norte y de Este a Oeste de la República Mexicana, medio de transporte que atrajo y albergó hospitalariamente a emigrantes de más de cincuenta países de los cinco continentes y a mexicanos de todos los estados del País en virtud del auge algodonero.
Hoy, la mezcla de su sangre de distintas razas e idiosincrasias dio como resultado hombres emprendedores, alegres, confiados y mujeres hermosas.
Por ello, después de cumplir cien años de sobrevivencia venciendo al desierto con todos los obstáculos imaginables, Torreón está destinado a volver a ser –como lo fue- el polo de desarrollo más importante del Norte del País por la tenacidad, esfuerzo y calidad de su gente.
Ciudadanos del mundo: ¡Bienvenidos! Celebremos con júbilo nuestras fiestas del Centenario en el 2007
Alberto González Domene. (Mayo 30 de 2005)

El Primer Torreón. Archivo Sergio Martínez Valdéz.